Después de empatar (0-0) en 120 minutos de juego, Chile venció a Argentina (4-1) por penales y se quedó, por primera vez en su historia, con la Copa América.
En un partido teñido de ímpetu rojo, acompañado de su público, Chile logró imponer su ritmo de juego basado en presión y despliegue. Logró el cometido a medias: pudo cortar los circuitos futbolísticos de Argentina pero no enhebró situaciones efectivas de gol. No obstante Chile, de materia prima inferior, jugó al límite de sus posibilidades.
Argentina, inconexa, no pudo dominar el partido. Acaso le faltó determinación y fuego. En su confuso vértigo, con menos aciertos que empuje, Chile pudo domar a Messi (adivinando sus dribblings) y replegó a Argentina a jugar de contraataque. Así, el juego de Sampaoli opacó el juego de Martino.
Por tanto, se vio un partido de fricción y poco respiro, de vértigo y alta tensión, de poco brillo futbolístico y de cuchillo entre dientes, características menos argentinas que chilenas.
En la definición por penales, Higuaín (desde siempre el talón de Aquiles técnico del equipo) y Banega (subido a su personalidad) erraron sus disparos.
No deja de ser cierto que la escalera viene descendente. No es lo mismo jugar una final de igual a igual con Alemania que llegarle tres veces a Chile.
No deja de ser cierto que la escalera viene descendente. No es lo mismo jugar una final de igual a igual con Alemania que llegarle tres veces a Chile.























































